Archidiocesis de Toledo

Nuestra vida


LA INMACULADA

Tengamos presente que en el orden natural todo lo que somos lo hemos recibido.

A destacar que nuestra madre nos dio a luz, por ella hemos sido alimentados y cuidados, de ella hemos recibido abundantes dones; todos estos beneficios, fruto del amor maternal, han marcado nuestra condición de hijos proporcionando una gran riqueza a nuestra propia personalidad.

Dios en su plan sobre el ser humano se ha dignado, también, otorgarnos para nuestra vida de gracia una Madre, que por ser de Jesucristo ha querido que sea también nuestra. Esta Madre del cielo es estrella y camino, muy singular, para quienes se forman en el Seminario con el deseo de ser sacerdotes de Cristo.

El poder sacerdotal reside en Cristo; su oblación de valor infinito satisface por la culpa de todos los hombres. Es la oblación pura de Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, y cuyo cuerpo se formó en las entrañas de María Virgen. Sí, la carne de Cristo ofrecida en sacrificio por la salvación de la humanidad es tomada de la Inmaculada Virgen María.

María es madre del Sumo y Eterno Sacerdote y de los que aspiran al sacerdocio; y esto porque Cristo nació de Ella. María es para todos signo de esperanza, camino hacia Cristo, modelo de vida, pilar de santidad, Madre cercana, causa de nuestra alegría, y para el sacerdote es madre de nuestro sacerdocio. Hemos de tomar de la Virgen María abundancia de virtudes para ofrecer la vida por nuestra salvación y la de los hombres.

La oración diaria a la Madre del cielo bajo la advocación de la Inmaculada hace posible en nuestro Seminario de Toledo configurar más rápida y fácilmente nuestro corazón con el corazón de su Hijo, Buen Pastor.

Al elevar nuestra oración diaria a la Inmaculada reconocemos el privilegio que tuvo la Madre del Señor de ser concebida sin pecado original. A María se le infundió toda la plenitud de la gracia. Fue elegida para la mayor vocación posible que podía recibir un ser humano: ser Madre de Dios. Por este motivo acudimos a la poderosa intercesión de la Inmaculada para que conceda a la Iglesia abundantes vocaciones sacerdotales y a quienes ya se forman en el Seminario siga dándoles la virtud de la perseverancia.

Te invitamos a rezar a la Virgen por la santificación de quienes se preparan para recibir el sacramento del orden sacerdotal; asimismo, si eres un joven te invitamos a que te preguntes sobre la vocación a la que Dios te llama para que viviendo según ésta seas feliz.

Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros

 

Consagración a la Virgen Inmaculada

Contemplando a la Inmaculada del Seminario descubrimos que sus manos están cruzadas modestamente, parecen expresar que guardan en lo más profundo de su corazón nuestras oraciones, nuestras confidencias, nuestros trabajos, nuestros sufrimientos. Todos nosotros somos de María, totus tuus; y nos lleva en su corazón.

Al mirar los ojos de la Inmaculada, humildemente entornados, recogidos, nos evocan cariño, mansedumbre, dulzura, serenidad, misterio; asimismo, nos parece visualizar las almas que se nos encomendarán, la urgencia de la evangelización, la necesidad de transmitir esperanza, la abundante mies que cada sacerdote encuentra en las distintas misiones que recibe.

Sus labios parecen susurrar la palabra oportuna, el consejo acertado, el reproche debido, la exigencia amorosa.

El semblante es dulce y firme, transparente, veraz, hermoso.

Cada año, los seminaristas del último curso se consagran a la Virgen ante la bella imagen de la Inmaculada del Seminario.

Durante los años de formación han sido muchos los momentos en que han mirado a esta imagen, han hecho silencio, han rezado, han escuchado, han contemplado las maravillas de Dios en la Santísima Virgen. Saben que pronto Dios realizará en ellos la maravilla de concederles el don del sacramento del orden sacerdotal.

Para el acto de consagración se congrega el curso en torno a la imagen de la Inmaculada, en su capilla. Cada uno pronuncia su nombre y reza con las palabras de consagración que han preparado para este momento. Terminado el acto el documento de consagración se deposita en el interior del pedestal de la Inmaculada. Su vida de seminaristas y su futuro ministerio se pone a los pies de la Virgen para que cuide a estos hijos sacerdotes.

El resto de seminaristas, acompañado por los formadores, contempla con emoción a los hermanos mayores depositando sus anhelos más profundos ante la Inmaculada, al mismo tiempo que suspiran por vivir ellos mismos este momento de gratitud por las gracias recibidas durante su formación y pedir fidelidad para el ministerio sacerdotal que han de recibir.

Con el trascurso del tiempo, la visita al Seminario es siempre ocasión para recordar este bello momento de la consagración, ¡cuántas vivencias evoca este momento! El primer documento de consagración conservado corresponde al año 1958, que como consta en el escrito coincide con el centenario de la aparición de la Virgen en Lourdes. La mayoría de textos recoge la fecha de la consagración, alguna referencia histórica relacionada con el año de la consagración, la firma de cada seminarista del curso y un texto elaborado por cada promoción de acción de gracias, de súplica, de encomienda a la Santísima Virgen.

¡María Inmaculada conceda la fidelidad a todos los consagrados!

S. ILDEFONSO

Nació en Toledo el año 606 o el 607, hijo de Esteban y Lucía, nobles visigodos, parientes del Rey Atanagildo; educado desde niño al lado de su tío san Eugenio III, pasó, ya entrado en la pubertad, a Sevilla, confiado a san Isidoro, en cuya Escuela cursó, con gran aprovechamiento, la Filosofía y las Humanidades, llegando a tanto el amor que su maestro le profesaba, que cuando quiso volver a Toledo, aquél se lo impidió por algún tiempo, llegando hasta encerrarle para obligarle a desistir.

Llegó por fin a Toledo, y la fama que entonces tenía el monasterio Agaliense le arrastró a aquel retiro, impulsado además por su fuerte vocación. Sabedor su padre de esta resolución, reúne algunos amigos e invade en su compañía el convento, teniendo san Ildefonso que ocultarse para escapar a una violencia. La intercesión de su madre y de san Eugenio hicieron por fin al padre consentir, y san Ildefonso, monje, pudo dedicarse a la oración y al estudio, recibiendo las sagradas ordenanzas mayores de manos de san Eladio, y san Eugenio le nombró después arcediano de su iglesia.

Los monjes del monasterio de san Cosme y san Damián le nombraron su abad, dignidad que también obtuvo a la muerte de Deusdedit en el monasterio donde había profesado, haciéndose admirar por el celo que desplegó en la reforma de su Orden, por su fe y su inagotable caridad. Muertos sus padres fundó con su pingüe herencia un convento de monjas en cierto heredamiento que le pertenecía en el pago llamado Deibia o Deisla, no conociéndose hoy en qué parte del término de Toledo estaba situado.

A la muerte de su tío, san Eugenio III, fue nombrado Arzobispo de Toledo, cuya silla ocupó el 1 de diciembre del año 659, no sin haberla con insistencia rehusado. Compuso, apenas elevado a la nueva dignidad, un libro que tituló “De virginitate perpetua Sanctae Mariae adversus tres infidelis”, para combatir los errores de la secta joviniana. La tradición asegura que la Virgen María se le apareció y le impuso una casulla.

Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de Santa Leocadia, por haber nacido en santo en unas casas pertenecientes a aquella colación, no lejos de la parroquia de san Román, en lo que fue luego casa de los jesuitas. Cuando la invasión de los árabes, los toledanos, que con las reliquias de sus santos y los sagrados vasos huyeron hacia las montañas de Asturias trasladaron el cuerpo del santo a Zamora.

Dejó escritos, además del tratado “De virginitate”, antes mencionado, otro con el título “De cognitione baptismi, De itinere vel progresso espirituali diserti quo pergitur post baptismum”, la continuación de libro de los “Ilustres varones”, de san Isidoro, y dos cartas, respuestas a otras que le dirigió Quirico, Obispo de Barcelona.

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