Caminaba embriagado por los halagos y adormecido por los temores,  bajo la plateada luz de la Luna reflejada en cada piedra de la calle, en cada mármol de las paredes.

Las últimas tabernas aún seguían resonando y me hacía parar en cada una de sus puertas. ¡Cuánto me seducen sus llamadas! Veía cada canto, cada risa, escuchaba cada baile, cada cargada jarra. Y corrí fuera de mi ciudad.

Hasta caer en el barro.

¿Para qué mi Armada Invencible? ¿Para qué mis coronas de diamantes? Ya estaba probando el fango y no podía levantarme.

Pero vuelves, siempre vuelves. Esperando, no te cansas, no te cansas de esperarme. Y con la primera luz de la aurora, reluce, destella delante de mis marrones ojos una perla preciosa, ¡la perla preciosa!, que me hace perder la razón, porque ya no quiero mi cordura, tan solo anhelo tu locura.

Ya no quiero mi Armada Invencible, ni habrá tempestad que la derrote porque he quemado todas mis naves, destrozado todas mis coronas, porque la tierra embravecida como volcán en erupción me ha levantado, agarrando la perla preciosa y guardándola en lo más profundo del corazón, allí donde deseo plantar tu tienda.

¿Y ahora qué? Pues nace en mi un solo pensamiento, una sola petición: Hazme arder, hazme arder…

By wsmayor

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