Archidiocesis de Toledo

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Recordando la Semana Santa

Con la conmemoración de la entrada de Jesucristo en Jerusalén entre aclamaciones daba comienzo la Semana Santa. La Catedral Primada de Toledo reunía en el Domingo de Ramos a toda la Iglesia toledana para entrar conscientemente en el Misterio de la Pasión y Muerte de su Señor. La bendición de las palmas de olivo daba paso a la procesión entre cánticos de alabanza. Tras la proclamación de la Pasión del Señor, nuestro Arzobispo D. Braulio nos invitaba a preguntarnos: ¿Quién es para mí Jesús de Nazaret?

El Lunes Santo, Martes Santo y Miércoles Santo la Iglesia nos proponía preparar el corazón con las lecturas de la unción de María en Betania, el anuncio de la traición de Judas y la entrega a Jesús al Sanedrín, para adentrarnos en los días centrales del año litúrgico. El Martes Santo tenía lugar la Misa Crismal, fiesta en que se evidencia la unidad del Presbiterio diocesano en torno a su obispo, y de todo el pueblo de Dios con sus pastores. En esta antigua celebración de la Iglesia se bendicen el óleo de los enfermos y el óleo de los catecúmenos, y se consagra el Crisma. Los presbíteros renovaban en este día sus promesas sacerdotales. Esta misma tarde acudíamos a la catedral para acompañar a Jesús con el rezo del vía crucis.

La mañana del Jueves Santo los seminaristas nos disponíamos en silencio para vivir el inicio del Triduo Pascual con la Misa de la Cena del Señor. Esa misma tarde, nuestro Arzobispo exhortaba a toda la asamblea a preguntarse: ¿Qué hemos hecho del mandamiento nuevo de Cristo? ¿Nos amamos como Él nos ha amado? Durante la celebración llevaba a cabo el lavatorio de pies, testimonio de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia de todos los cristianos, a doce varones procedentes de la Residencia “Santa Casilda” de la ciudad de Toledo. Tras concluir la Misa, acompañábamos al Santísimo Sacramento en procesión hasta la Capilla de San Pedro, donde estaba establecido el Monumento Eucarístico del Jueves Santo.  Por la noche tenía lugar la Hora Santa, en que acudíamos a la llamada de Jesús a permanecer con Él para adorarle y compartir su dolor y tristeza en Getsemaní.

Los seminaristas comenzábamos el Viernes Santo contemplando el misterio del Crucificado junto con María y el discípulo amado. Tras el vía crucis, asistíamos a la catedral para rezar Laudes junto con nuestro arzobispo. Aprovechábamos la mañana para disponernos en silencio y oración, incluyendo un rato de Lectio Divina por grupos, para vivir la celebración litúrgica. Ya por la tarde nos dirigimos a la catedral para el Oficio de la Pasión y Muerte del Señor, que tiene como elemento central la adoración de la santa Cruz.  Al finalizar, volvimos al seminario para rezar el Oficio de lectura. El Sábado Santo, día de silencio, la Iglesia permanece con María junto al sepulcro del Señor meditando el misterio de la entrega de su Hijo Jesús con la esperanza de que cumplirá su promesa de resucitar al tercer día. Los seminaristas, en busca de vivir en profundidad este día santo, acudíamos al Monasterio de Monte Sión.

Llegaba finalmente la gran fiesta de todos los que permanecíamos en vela con las lámparas encendidas esperando el retorno del Señor: la Vigilia Pascual. La ceremonia daba comienzo con la bendición del fuego y la preparación del Cirio pascual, tras la cual se inició la procesión. A continuación era anunciado el pregón pascual. Tras la Liturgia de la Palabra, nuestro arzobispo alentaba a los fieles a dar testimonio de la la alegría Pascual: “Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del Aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo, sobre todo, con el corazón y con la vida; con un estilo de vida “ázimo”, esto es, simple, humilde y fecundo de buenas obras”. La Iglesia toledana, tras renovar las promesas bautismales, celebraba en esta noche santa la unión de seis nuevos hermanos que recibían los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

La mañana del Domingo de Resurrección, tras la celebración de la Santa Misa y con la alegría de la Resurrección del Señor, acontecimiento que llena de sentido toda nuestra vida, poníamos rumbo a casa para disfrutar de la primera semana de la Pascua con nuestros familiares y amigos.

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