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Tercero de Teología en el Monasterio de Piedra

“Y como codiciosa

por ver y acrecentar su hermosura,

desde la cumbre airosa

fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura.”

Afluían entonces a mí estos versos de fray Luis de León, al contemplar, como beatus ille, desde abajo la majestuosidad cadente de la mayor catarata hispana –espero no equivocarme–: la Cola de Caballo, situada en el famoso parque natural del Monasterio de Piedra. El pasado día 27, nos disponíamos en el curso de Primero de Teología a realizar una apasionante escapada a este paraje maño, cuna en la que existió un hermoso monasterio cisterciense de “aquellos de la Edad Media”, como suelen decir. Hoy día es un hostal y sus alrededores son visitados por la inmensa belleza del paisaje: abundantes formaciones cársticas que vertebran la zona en un habitáculo casi selvático de montes y bosque atravesados por aguas cristalinas.

Siendo ordenados en la cronología del viaje, primero nos embarcamos hasta Medinaceli, famoso enclave castellano, con su arco del triunfo romano, su castillo medieval (de ahí medina, del árabe “castillo, fortaleza”) y su poblado renacentista modelo. Después partimos para Nuévalos, pueblo de la diócesis de Tarazona, donde un sacerdote burundés, que se formó en nuestra archidiócesis toledana, nos acogió en una casa rural acomodada. Allí degustamos una buena barbacoa mientras presenciábamos el clásico, con gran pesar de nuestros madridistas, que veían a su equipo pasar otra vez debajo del tablero.

Al día siguiente partimos para el Monasterio de Piedra, solamente distante a unos tres o cuatro kilómetros de Nuévalos. Allí dimos nuestro paseo y disfrutamos de una de las maravillas de esta nuestra tierra: parajes que te hablaban de bosque virgen, cascadas como torrentes de agua tan viva que de hecho nos mojó en varias ocasiones, lugares muy curiosos como cuando pasamos bajo la catarata y el túnel cárstico, y unas hambrientas truchas que esperaban las piececitas obsidianas que por un euro había adquirido en la entrada del parque.

En fin, un espectáculo brillante. A veces podemos creer que hay bellezas más allá, en mundos perdidos; en cambio, sin irte más lejos de tu tierra, puedes entrar en el jardín del que Adán fue expulsado, Edén de aromas iberos y peñascos celtas. Tras esto, mientras volvíamos a casa, paramos en el Monasterio de Santa María de Huerta, el cual todavía seguía vigente como monasterio y albergaba unas riquezas de distintos artes que diversas épocas habían tatuado en sus paredes y retablos.

Se me viene una estrofa más de la Oda a la vida retirada, que rememora el buen sabor que quedó en mí tras esta salida:

“Vivir quiero conmigo;

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo»

M.V.

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