Archidiocesis de Toledo

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Tercer Domingo de San José: Casto Esposo de María

Oración Inicial

 

San José, guardián de Jesús y casto esposo de María,

tú empleaste toda tu vida en el perfecto cumplimiento de tu deber,

mantuviste a la Sagrada Familia de Nazaret con el trabajo de tus manos.

Protege bondadosamente a los que recurren confiadamente a ti.

Tú conoces sus aspiraciones y sus esperanzas.

Se dirigen a ti porque saben que los comprendes y proteges.

También conociste pruebas, cansancio y trabajos.

Pero, aun dentro de las preocupaciones materiales de la vida,

tu alma estaba llena de profunda paz

y cantó llena de verdadera alegría por el íntimo trato que goza con el Hijo de Dios,

el cual te fue confiado a ti a la vez que a María, su tierna Madre.

Ayúdanos a comprender que no estamos solos en nuestro trabajo,

a saber descubrir a Jesús junto a nosotros, a acogerlo con la gracia

y custodiarlo con fidelidad como tú lo hiciste.

Obtén que en nuestra familia todo sea santificado

en la caridad, en la paciencia, en la justicia y en la búsqueda del bien.

Amén.

(San Juan XXIII)

 

Lectura Bíblica

“La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.” (Mt. 1, 18)

Meditación

“Ningún marido o mujer se han amado tanto entre sí como lo hicieron José y María” (Vble. Fulton J. Sheen). Existe una antigua celebración litúrgica, que ahora sólo tiene lugar en algunos santuarios, diócesis y congregaciones el 23 de enero, que es la “Fiesta de los Santos Esposos”, o de los desposorios de María y José. La fecha parece sacada de las revelaciones privadas de la Beata Ana Catalina Emmerick, y recuerda que “todo lo que se refiere al matrimonio de María y José ocurrió por una íntima disposición del Espíritu Santo” (San Buenaventura). Es muy hermoso celebrar en una fiesta litúrgica el misterio del matrimonio, en el que también meditamos cuando rezamos el segundo misterio luminoso del Santo Rosario, uno de los introducidos por san Juan Pablo II, aunque tienen su origen en San Jorge Preca de Malta. Contemplar el misterio de los desposorios de José y María ayuda a recordar a todos la santidad del matrimonio en un momento en el que es muy contestada la necesidad de este sacramento para la vida conyugal.

Este matrimonio tuvo la peculiaridad de ser el de aquellos que iban a acoger al Redentor del género humano. De ahí que no nos extrañe en absoluto que, desde el primer momento de su unión, estuviese marcado por un cierto propósito de vivir en virginidad. “Es perfectamente acorde con la fe y el espíritu de la Iglesia, honrar como virgen no solo a la Madre de Dios, sino también a san José” (San Pedro Damián). “Ambos, María y José habían hecho un voto de permanecer vírgenes todos los días de su vida; y Dios los quería unidos con el vínculo conyugal, sin contradicción en ello, sino por la peculiar confirmación de su singular unión con que se ayudarían por esa santa relación” (S. Francisco de Sales). “María perteneció a José y José a María, tanto que su matrimonio fue total desde el momento en que se entregaron uno al otro. ¿Cómo pudieron hacerlo? Por el triunfo de su pureza. Recíprocamente se dieron su virginidad, y a través de esta virginidad se entregaron el uno al otro su propio derecho. ¿Qué derecho? El de salvaguardar la virtud del otro” (S. Pedro Julián Eymard).

Muchos santos, místicos, estudiosos de las Sagradas Escrituras y teólogos, han afirmado esta paternidad virginal de san José. Muestra a un varón joven, con virtud heroica al desposarse con la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra, haciendo el enorme sacrificio de su mente, su cuerpo, sus sentidos y su corazón para hacerlo de esa forma tan pura y amorosa. En san José, Dios preparó un esposo, un guardián y un caballero para María. En la virtuosa humanidad de san José, María experimentó pureza, castidad, modestia y amor sacrificial. Y de esa manera, el matrimonio de María y José se convierte en un reflejo de la pureza y de la fecundidad de la generación del Hijo en el seno de la Trinidad.

“Creo que san José fue adornado con la más pura virginidad, la más profunda humildad y el más ardiente amor y caridad hacia Dios” (S. Bernardino de Siena).

Letanías de San José y Oración Final

Señor, ten misericordia de nosotros

Cristo, ten misericordia de nosotros.

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo óyenos.

Cristo escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.

Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Ilustre descendiente de David, ruega por nosotros.

Luz de los Patriarcas, ruega por nosotros.

Esposo de la Madre de Dios, ruega por nosotros.

Casto guardián de la Virgen, ruega por nosotros.

Padre nutricio del Hijo de Dios, ruega por nosotros.

Celoso defensor de Cristo, ruega por nosotros.

Jefe de la Sagrada Familia, ruega por nosotros.

José, justísimo, ruega por nosotros.

José, castísimo, ruega por nosotros.

José, prudentísimo, ruega por nosotros.

José, valentísimo, ruega por nosotros.

José, fidelísimo, ruega por nosotros.

Espejo de paciencia, ruega por nosotros.

Amante de la pobreza, ruega por nosotros.

Modelo de trabajadores, ruega por nosotros.

Gloria de la vida doméstica, ruega por nosotros.

Custodio de Vírgenes, ruega por nosotros.

Sostén de las familias, ruega por nosotros.

Consuelo de los desgraciados, ruega por nosotros.

Esperanza de los enfermos, ruega por nosotros.

Patrón de los moribundos, ruega por nosotros.

Terror de los demonios, ruega por nosotros.

Protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: escúchanos, Señor,

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: ten misericordia de nosotros.

V.- Le estableció señor de su casa.

R.- Y jefe de toda su hacienda.

 

Oremos: Oh Dios, que en tu inefable providencia, te dignaste elegir a San José por Esposo de tu Santísima Madre: concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

Architoledo
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